Recuerdo a Isabela.
Y cada vez que lo hago un frío me recorre el cuerpo.
Es un momento nada más, y cuando pasa todo da vueltas.
Es como un terremoto. Estar sentado, pensando en cualquier otra cosa y de golpe, el movimiento.
Las sillas, los armarios, las mesas, todo se mueve. El piso ya no es un lugar seguro.
Lo importante es salir cuanto antes a la calle, pero claro, nadie puede ayudarme.
Cada milésima de segundo parece eterna, un tiempo diluido en el tiempo del tiempo.
Me la imagino ahora en los brazos de otro, gozando y riendo como solo ella sabe.
Recuerdo su rostro y cada una de sus formas, y como movía su cuerpo sobre el mío.
La sensación es algo así. Tal vez, leyendo un libro o tocando mi bajo o tal vez solo; pensando.
Ahí nomás, comienza, primero un temblor, minúsculo, reducido, silencioso, casi imperceptible.
Después, un sonido agudo, así, a lo lejos. Ya se lo que sigue.
Recuerdos como una lluvia poderosa de imágenes. Con ella, el cielo y el infierno mezclados.
Pensé en matarla más de una vez. –Hoy, te mató!- incluso, le dije.
Y en seguida nuevamente, el sexo inoportuno y siempre delicioso.
Una pulsión irrefrenable que nos lleva a un nuevo sismo.
La angustia aumenta. El temblor es cada vez más fuerte.
Miro hacia fuera pero el mundo sigue horizontal.
En mi casa, los vidrios se rajan y los platos estallan en mil pedazos.
Son solo piezas partidas de algo que ya no existe más.
Las paredes ahora se mueven. Lo veo y lo siento.
Quiero llegar a la puerta, salir, pero el movimiento es mucho más fuerte.
Caigo en el suelo y me aferro a la pata de la silla.
Los ventanales ahora son gigantes que me miran sin indulgencia.
Su aroma entra por mis poros. Es la memoria emotiva.
El miedo y el vacío siempre fue lo mejor para atraerla a mí.
Su sonrisa entra macabra y deliciosa vuelve a dibujarse en mi mente.
Siempre me excitó su desprecio.
Van dos minutos y el movimiento no cesa. Ya vomite al menos tres veces.
Conozco esta sensación, estoy llegando al climax. El piso ya no es el piso.
Las ventanas se elevan por sobre mi cabeza.
Los cuadros se caen al techo. Mi cuerpo rebota en el sinfín de las cuatro paredes.
Una vuelta y otra vuelta más.
Vomito otra vez y ahora recuerdo esa noche donde debí clavarle el puñal pero no lo hice.
Siempre fui un cobarde para las grandes proezas.
No encuentro nada estable de donde agarrarme.
Las intermitencias de luz y de sombra me enloquecen.
La casa.
La casa se mueve y te odio por eso.
Pero lo se, como ese día se que esto siempre se termina.
El movimiento se detiene, y solo quedan los resabios de aquel infierno.
Pasa un momento y poco a poco retorna la calma.
Olvidare nuevamente todo lo que viví.
Hasta que sin ningún aviso, otra vez, mi casa vuelva a girar.
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